7/10/2018

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Me lanzó una pregunta que tenía muescas por debajo y que se deslizó suavemente por esta cerradura. Tras la puerta almaceno todo lo que no quiero, ¿ves? Me cuesta deshacerme de este tipo de cosas, así que no las tiro jamás. Simplemente las oculto aquí. Pero su pregunta abrió la puerta y de repente todos estos trastos estaban mirándome. Inseguridades con granos que ni siquiera recuerdo cuando guardé, insultos que alguna vez alguien musitó cuando pasaba por mi lado, risas chiquititas que funcionan sin que se les de cuerda y que suenan siempre desde donde no se está mirando, miradas de significado atribuido por mi misma, y una gran caja llena de adjetivos feos y pegajosos. Estos son los últimos que he dejado aquí, aunque hay miles de ellos fuera, por todos los rincones. Es como si se crearan espontáneamente. Como las moscas de la fruta.

En cualquier caso, la pregunta fue lanzada y yo, con ella, arrojada a esta habitación oscura en la que podría quedarme un tiempo si lanzo mi respuesta por debajo de la puerta, escrita en un papelito doblado. Odio estar en este cuarto pero, al menos, ya conozco a todos los que me acompañan.

7/09/2018

Se busca

En relación a una pregunta que sigue esperando mi respuesta y un poco como homenaje a Mary Poppins:

Se busca persona de brazos largos y paciencia sin fondo. A ser posible, que la humedad de su ombligo sea la adecuada para producir la cantidad exacta de una pelusa por día. Debe ser risueña y aficionada a los juegos de palabras. Su tensión nunca debe subir más de 119/79. Sus pupilas deben ser propensas a dilatarse con facilidad y sus lacrimales llevar una actividad ligeramente por encima de lo normal. Su voz debe ser, preferiblemente, grave y cantará o murmurará melodías cuando crea no ser escuchada. Debe recordar, al menos, veinte cuentos o, en caso contrario, ser capaz de improvisarlos.

Interesados encontrarse de improviso con el anunciante fingiendo no haber leído el anuncio.

7/08/2018

Sobrexposición

Estos dos últimos días no he hecho otra cosa que recordar. Parece que el día de descanso ha aliviado la presión de mi cerebro, que ha empezado a liberar imágenes. Puede que sea culpa del verano y sus olores.Mis recuerdos están a flor de piel y cualquier estímulo me trae uno.

Estaba mirando fotos de Marian Lantero y los muebles de madera que utiliza. Las atmósferas que crea me recuerdan a la casa de Rosa Elda en la Matanza, toda de madera. Parecía un castillo con sus piedras incrustadas en la pared, y tantas habitaciones por todas partes en las que habían colocado muebles antiguos restaurados. Los niños nos pasábamos el día de un lado a otro. Nos gustaba especialmente la buhardilla, porque había que subir a cuatro patas por aquella escalerita tan empinada y, una vez entrabas, nos picaban los ojos y estornudábamos sin parar. Contábamos algún cuento de miedo, jugábamos al escondite a oscuras y en seguida bajábamos a seguir explorando otra habitación. Yo tenía que tener muchocuidado al moverme por la casa porque tenía miedo a los perros y en esa casa había dos. Así que, en cualquier momento podía aparecer uno y mirarme con sus ojos cansados y yo entrar en shock y quedarme paralizada en medio de un pasillo y tener que pedir a un adulto que alejara a ese pobre animal de mi.

Anoche fue el olor seco del aire y, un poco, la añoranza de mi padre lo que me hizo acordarme de Madrid. No de la ciudad en sí y no en cualquier momento, sino del pueblo de Perales y del verano de 2006. Ese año pasamos casi un mes en la capital y dos semanas en el pueblo. Recuerdo la sensación mágica de aburrimiento eterno y los juegos que inventamos para rellenar los días, tan largos en aquella época. Yo, como siempre, prefería estar en otros sitios, inconsciente y caprichosa porque era adolescente. 
Paloma y yo dábamos muchos paseos en bici y, una tarde, se nos ocurrió volver a casa comiendo moras silvestres. De repente a mi hermana le entró un ataque de risa y se tiró al suelo riéndose. Al principio me hizo gracia, después me asusté y empecé a zarandearla para que dejara de reirse y siguiéramos a casa, preocupada por si estaba envenenada. Supongo que, en el algún momento dejó de reirse, nos levantamos y nos fuimos, porque no recuerdo nada más. 

Me acordé también de Alicia, que me envió por correo el disco de Aventura, como regalo de mi cumpleaños. Nuestras conversaciones secretas, con Marta, sobre sus novios, lo que habían hecho con ellos. Yo no tenía nada que contar, pero escuchaba muy atenta, entre asqueada y sorprendida. Ibamos a dar vueltas por la feria vestidas como las chicas que salían en la Bravo (esa revista condicionó demasiado mi adolescencia. Tendría que haber hecho caso a mi padre y haber comprado sólo revistas de música). Recuerdo la primera y única vez que vi una calle después de una corrida. Estaba toda roja y un charco viscoso de sangre bajaba como una cascada entre la gente. "Papá, ¿eso es sangre?" Luego los mayores se sentaban en la terraza de un autobar a tomar copas y Alicia, Marta y yo dábamos vueltas por la feria mirando a los chicos de nuestra edad. Yo estaba loca por las historias de amor para adolescentes y estaba segura de que en cualquier momento caería un chico con aspecto de actor californiano del cielo, se enamoraría de mi y viviríamos un breve pero intenso idilio veraniego. Sin embargo, los chicos que nos miraban con la risa floja, apoyados en las casetas o en las vallas de las atracciones eran como nosotras: feos, con granos y con la cabeza llena de historias absurdas que nunca iban a ocurrir. Volvía a mi casa triste y leía de nuevo la Bravo, a ver si había algún paso importante que me había saltado para que me ocurriera alguna historia de esas que tanto me gustaban.

7/07/2018

ritual de renacimiento

Se me durmió una mano mientras comía y salí a fumar. "Lo voy a dejar en cuanto deje el trabajo. Es imposible trabajar sin fumar." Quería ponerme a trabajar en la presentación en seguida, pero me dolía tanto la cabeza que cambié de idea y me metí en la cama. Abrazada a mi cojín a pesar del calor, busqué la grabación de Carmen y le di a play. Carmen empezó a hablar recordándome, como siempre, que tenía que escuchar su voz, y no pensar en nada. Sólo escuchar. Sólo respirar. Sólo estar. Conseguí hacerle caso y escuchar quedándome dormida hasta que Kin soltó un ladrido espontáneo que me distrajo unos segundos. "¿Habrá alguien intentando entrar? Bueno, me da igual, si entra alguien que se ocupe Kin, yo tengo que relajarme." Seguí escuchando a Carmen hasta la parte en la que habla de entrar en el inconsciente y dejar que surjan imágenes. Como siempre, mis pensamientos son como una televisión frente a la que un señor con Parkinson cambia sin parar de canal. Veo muchas imágenes, pero consigo deternme un poco en dos: un NO enorme, pintado como con letras de graffiti malas y una niña haciendo rayas en una pizarra, como dibujando una gráfica de las de economía. Intento pensar qué significa todo, pero la grabación termina y me quedo dormida, aún viendo imágenes instantáneas.

Me despierto en silencio y con respuestas.

5/24/2018

Qué extraño es habitar este mundo
desde este cuerpo trémulo que de todo se asusta,
con este instinto mío que me mira, amordazado, y me hace gestos con la cabeza y los ojos.

Soy una rehén de mi misma
mirándome con síndrome de Estocolmo.

Qué hago ahora con toda esta libertad. Con todos estos poderes que están cogiendo polvo en cajas.

Me río con una risita nerviosa. Y doy unos pasos que no significan nada,
porque el paisaje es el mismo
en todas las direcciones.

5/16/2018

15M

Estoy anestesiada y creo que por eso no me entero mucho. Supongo que será el estrés, que tiene la culpa de todo lo que me pasa últimamente. O eso, o me he convertido en un ser de luz despreocupado de las cosas mundanas sin saberlo. A ver si va a ser eso... A ver si va a ser que he comprendido que nada importa porque todo cambia constantemente y todo fluye y nada se destruye y todo se transforma y bla, bla, bla. Igual ya estoy iluminada y no me había enterado. Y yo buscando clases de yoga como una gilipollas. Ay, qué ilusión. Igual escribo un libro. O llamo a Jorge Drexler y le propongo una colabo. O me pongo a escribir en las paredes y en los sobres de azúcar. Ay. Me encanta estar iluminada. Me encanta flotar y dejarme mecer por la corriente vital que me rodea. Que fantástica sensación es la de disfrutar cada segundo de este mágico regalo que es la vida. Ay, me encanta que ya no me quieras, de verdad, lo estoy disfrutando como nunca.

A no ser que no esté iluminada, sino estresada...  En ese caso, ya te avisaré de que te odio.

4/23/2018

A veces, huyendo, no te das cuenta de que tus pasos están dibujando un círculo tan grande
y tú estás corriendo tan rápido
que te das de bruces con eso de lo que con tanto ímpetu huías,
y el golpe duele mucho.